domingo, 20 de mayo de 2007

El último día (II)


Poco a poco te envolvió con su palabra, con su risa, con su proximidad. Te sentias feliz, a gusto. Como nunca antes te habías sentido. Tu brazo, en algún momento, se había deslizado por su espalda y la abrazaba con una familiaridad que provenía de más allá de una semana. Hacía mucho rato que el frío había dejado de sentirse, aunque la noche avanzaba inexorable. Su calor atravesaba toda la ropa que os separaba. Es más, tenías calor. Dentro de ti, algo ardía. Pero no querías prestar atención. Total, para qué.
Antes de llegar al puente, te hizo parar en aquel pequeño café, donde habíais pasado horas. Hablando de lo humano y lo divino, hasta altas horas de la noche. Sin preguntar, pidió por las dos. Como si siempre lo hubiera hecho. Como si fuera lo más normal. Como si os conocierais desde siempre. Bueno, era fácil, chocolate. Chocolate con nata para dos. Descubrísteis el primer día que a ambas os volvía locas. Entre risas, dijo que era un sustitutivo del sexo y casi te sale un sorbito de chocolate por la nariz. Incluso te pusiste roja. Pero ella no se aprovechó, no apretó las tuercas aprovechando tu embarazosa rubicundez. A fin de cuentas, os encantaba a las dos. Eso dijo. Cuando os quisisteis dar cuenta, los camareros miraban de reojo sus relojes y bostezaban discretamente. Os habíais quedado solas. Como ya había sucedido en ocasiones anteriores. Los camareros permanecían discretamente alejados y os miraban sonriendo. Lo notaste en varias ocasiones. Y te sentiste culpable. Puede que se dieran cuenta de la adoración y el amor que sentías por aquella mujer. Quizá te entendían. Aquella mujer no podía dejar impasible a nadie. Serían sus ojos. Sería por su sonrisa. Sería por su forma de desenvolverse. Por su seguridad en toda situación. Moviste la cabeza, para alejar todo pensamiento y volverte a concentrar en ella. Nada más merecía la pena esa noche. El mundo podía desaparecer y te parecía una nadería. Ella estaba allí, contigo. Como si de un resorte se tratara, se levantó de un brinco, dando por terminada la velada del chocolate. Te alargó la cazadora y te ofreció la mano, para recogerte bajo su protección. Se había dado cuenta de lo ligera que ibas de ropa y se había tomado como un deber vital, el resguardarte del frío.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta como tejes historias :-) ...Y espero que no nos dejes así, eh?
Bicos
Abanibí

lunares dijo...

Abanibí guapa, bienvenida mi mundo. A mi me encanta como encadenas palabras. Estamos empatadas. Y no, no lo dejaré así.
Bicos.

Dark dijo...

Chocloate, uhmmmmmmmmmm, con nata, uhmmmmmmmm , ni sustitutivo del sexo ni de nada... porque sustituir dos cosas buenas por una sola?. Cada cosa en su momento.

lunares dijo...

Tienes toda la razón, dark, el chocolate para antes, durante y después de casi todo. Y ¿Para qué elegir, pudiendo tener las dos cosas?

lunares dijo...

Tienes toda la razón, dark, el chocolate para antes, durante y después de casi todo. Y ¿Para qué elegir, pudiendo tener las dos cosas?

nethan dijo...

Esa lunareeeeees.
Estoy de acuerdo, no hay sustituto, todo tiene cabida. E la vez, por separado, uno tras otro... jejejeje.