Hoy, como disponía de tiempo, fui a buscar a arrobita al curro. Y ya que estábamos, decidimos acercarnos al centro comercial de turno. Queríamos ver si los suecos tenían unas fundas de sofá que nos valieran.
Aterrizamos en la A-3. Sin saber que necesitábamos unas botas de senderismo, una brújula y el colgante del chamán.
¡Madre mía! Creo que están diseñadas de tal manera que, si andas hacia atrás, escuchas al demonio decir no-se-qué.
El caso es que tras dar una vuelta, ver tiendas, familias, relojes, toallas y demás, decidimos irnos a cenar a casita. Ya sabéis, como en casa en ningún sitio. Además estábamos cansadas.
¡JA!
Cinco, diez, quince, veinte minutos. Habíamos estado dando vueltas por una parte del c.c. y fuimos a salir ¿A dónde? Pues a la puerta más alejada de nuestro amado coche.
Ostras, qué grande son esos aparcamientos. Y cuantas obras rodean todavía ese c.c. Y qué de dedos tengo en los pies. Y todos doliendo a la par.
Nunca me he alegrado tanto de llegar a mi coche y descalzarme unos minutos.
Bueno, al menos he vuelto al hogar.
Mañana será otro día.
