La vida, algunas veces -o todas que no soy tan sabia como para discernirlo-, tiene sus propias ideas para la tuya en concreto.
Tú haces planes, apuestas por un futuro personal, laboral, social o todo junto. Y va la vida y cambia la partida, o el juego. Aunque te deja las mismas cartas. Y ¡ALA! ahí estás tú, con cara de idiota y sin saber si tienes que hacer tríos, envidar o cantar las cuarenta.
Así estoy yo.
A principios de verano andaba planeando campañas publicitarias, lanzar nuevos proyectos en la clínica, folletos, pps, entrevistas aquí y allá. Con vistas a comerme el mundo en septiembre.
Pues no. A los dos parpadeos, me encontré con todos los trastos metidos en un trastero, con una camilla portátil y mis manos. ¿Qué pasó? Nada importante. Me quedé sin local y sin todos los proyectos.
Tras unos días de desconcierto y sin dejar de hacer lo que se -arreglar gente-, hemos vuelto a encarrilar las cosas. Eso si, en una dirección completamente distinta. O no. A fin de cuentas, son nuevos proyectos, nuevos planes, nuevas realidades.
Afortunadamente arrobita siempre está con un ojo en su ordenador y otro en mis proyectos. A la distancia justa, sin darme de lado, ni avasallarme. Ya veis la suerte que tengo.
El caso es que ahora, para que negarlo, estoy bastante a gusto. Me gusta el cambio. Me ha dado una buena bocanada de aire. Y cosas que había aparcado han vuelto.
Así que, supongo, que la vida ha cambiado la partida, y con mis cartas me ha favorecido.
Así que puedo decir que he vuelto a muchas cosas. Y esto significa, que disfruto más.


