miércoles, 20 de noviembre de 2013

AQUELLOS DÍAS SIN VISTAS AL MAR

Recuerdo aquella noche y los siete náufragos que nos aferrábamos entre nosotros y a la barra del bar. Copas con sabor a despedida.

Las cuatro madres y esposas que buscaban fuerza y valor, el ingeniero que no encontraba su camino, tú la camarera que nos unió y yo que andaba perdida entre la soledad y el futuro. Una semana antes nos habíamos convocado, sin saberlo, en la barra del bar del hotel. 

A mi me habían dejado los amigos tirada. O más bien, yo les había dejado a ellos, empecinada como estaba en aprovechar la semana que restaba de vacaciones ya pagadas, y dejarlos marchar ante el supuesto empeoramiento del tiempo. Algo que nunca pasó con suficiente intensidad y que resaltó lo que realmente deseaba.

Bajaba buscando el periódico y un desayuno tranquilo. Encontré el rincón perfecto, cerca de la zona cero de la barra. Donde sin hacerlo conscientemente, tú aterrizabas cuando descansabas un rato. Donde, sin hacerlo a posta pero sí queriendo un poco, me dejaste el periódico que sabías que leería.

Cuando un cliente no tiene prisa, ni por reuniones, ni por exposiciones, ni por visitas culturales, hace que el tiempo en la barra sea muy elástico. Y allí me quedaba yo, hasta leer las letras más pequeñas del periódico. Buscando tu conversación entre cafés y pinchos. Conversaciones de dos, abiertas a todos los públicos.

Las cuatro mujeres pasaron por la barra para reforzar su unión, al calor del café del "descanso". Recuerdo el primer comentario de las madres-esposas-alumnas, las risas y la distensión. También las primeras confesiones, ya en la jornada post-clases. Todas buscando sin decirlo un futuro, una salida, una carrera hacia delante, que las sacara de sus hogares y sus matrimonios. Amantes esposas y esforzadas madres, que se movían entre el amor y la muerte en vida de su futuro como mujeres, como personas.

El ingeniero se coló de la mano de un pincho de tortilla. Aportando indecisión y falta de visión de su propio futuro. Ellas buscaban uno y él no sabía si quería el suyo.

Tú, tan bien ubicada y segura al otro lado de la barra. Uniendo mundos, hasta ese momento perdidos por las galaxias de nuestras vidas. Y yo, dejándome llevar hasta el último minuto, en aquella ciudad sin vistas al mar.

Con cada desayuno, buscaba el aliño que me regalabas. Me despachabas raciones enteras de conversación, risas y miradas desde la esquina de la cafetera. Dejándote querer, o eso creía yo. Curioseando sin más complicación, pensabas tú. Una por la otra, sin prisa, saboreando ese algo que aún no teníamos y que no queríamos perder. Pero apremiadas por la fecha de caducidad.

Todo nos llevó a esa última noche. Nos regalamos una cena informal y unas copas. No queríamos mirar el reloj. Unos desconocidos que habíamos coincidido. Juramos seguir en contacto, aunque ninguno lo creímos. Unidos por el tiempo suficiente para afrontar la vida.

En aquella barra, donde el ingeniero encontró su lugar entre gente, copas y música. Donde las cuatro mujeres, que llegaron para cambiar, te juraron seguir con su futuro firmando un contrato en la parte de atrás de una servilleta. Compromiso más serio que ante cualquier notario, porque las cuatro, como los mosqueteros, habían decidido unir sus esfuerzos y apuntarse a aquella academia.

En el mismo trozo de barra donde yo tiré copa y lámpara, sintiéndome como quien no tiene más objetivo en la vida que ser torpe y hacer de sus manos un terremoto sobre la barra. Mientras tú reías y bebías. Compartiste la copa, la tuya, la mía y las siguientes. Yo disimulando para no encontrarme. Tu disimulando para perderte de una vez.

Cuando la noche abrió las puertas del garito, y se escapó entre los primeros rayos de luz, el resto de los destinos ya había partido, dejándonos a solas. Salimos camino del final. Tú dejándote caer sobre mi costado, yo ayudando a que no te alejaras. Tú simulando más ebriedad, yo simulando que te creía.

Avanzamos, por esa ciudad con historia y sin vistas al mar. Entre turistas con planos, que nos solicitaban información, y diligentes mujeres que se apresuraban a la compra. Sin rumbo, algo bebidas y con hambre. Tú tropezaste a posta, yo me dejé engañar para cogerte por la cintura.

Recuerdo encaminar nuestros pasos hacia el hotel... Y tu ligero tirón hacia el barrio. Lejos del hotel, tus compañeros y mi habitación. Suspiré camino del fin. Bajo la blusa, tu cuerpo se estremecía. La conciencia y el instinto. La necesidad y la responsabilidad. Todo entre latido y latido.

No quise soltarte al llegar al portal. Tampoco forcejeaste. Y sin dar tiempo a que se cerrara la puerta, mi boca se precipitó sobre la tuya. Si iba a ser una despedida, sería una despedida sincera. Liberando la tensión, las manos y los instintos. No tenía que hablar, todo lo habíamos dicho alrededor de la barra, durante toda una semana.

No se cómo, mientras mis manos buscaban en tu cuerpo, tus manos encontraron las llaves. Y sin prisa, pero sin pausa, aterrizamos la una sobre la otra. Me perdí entre tus piernas, siguiendo tus gemidos. Me llevaste más allá de la razón. No quería pensar. Entre las sábanas, poco a poco, creamos un final. Tú te ibas a quedar y yo debía partir. 

O eso creí. 


miércoles, 16 de octubre de 2013

UN POCO DE TI

Guardo en el bolsillo una golosina de Neska, unas monedas y un amuleto. Ese amuleto es un poco de ti. Sólo un poquito necesito para afrontar cualquier jornada.

Un poco, casi ni se ve. Únicamente lo siento ahí, a mi lado. Lo justo para hacerme dar un paso al frente, dar un poco más de mi. Lo necesario para apoyarme y ser un poco mejor que ayer.

Todo por ti. Para estar contigo, para pasar un día más, una vida más a tu lado. Y si me reencarnara, si pudiera volver, ser tu sombra, tu pelo o la yema de tus dedos para acariciarte cada mañana.

domingo, 13 de octubre de 2013

TODO ESTÁ DONDE TIENE QUE ESTARr

De vez en cuando, la vida se te descoloca. Nada del otro mundo. Nada para ser escrito en mayúsculas. Tengo trabajo fijo, tengo una familia que me quiere, tengo una esposa que me ama tanto como yo a ella. Tengo un techo, tengo para comer y hasta para salir a tomar algo.

Pero muchos de los que estáis en situación parecida, sabéis que no es óbice para sentirte mal. Demasiado estrés en el trabajo, o planes a largo plazo -o corto- que no terminas de ver. Proyectos que no acaban de salir, ni bien ni mal pero que no terminas de ver.


Son momentos en los que tu interior se altera. Sientes que eres incapaz de poner en orden las prioridades del día, de la semana o de tu vida. Todo parece seguir igual, pero tú te has quedado en la orilla. Sin barca y con un remo.

No suelen durar mucho estos momentos. Por lo que todo se soluciona en unas horas. Como el reajuste necesario para algunas máquinas. Pasado el tiempo, el reloj vuelve a cero y empezamos otra vez. No es que no haya pasado nada, es que lo has superado.

Esta vez, arrobita se percató. Como no está acostumbrada, se extrañó y buscaba mil formas de ayudar. Pero es que, por más que me preguntara, ni yo sabía como ayudarme. Sólo dejar correr el tiempo. Y decirme que "No tenía que perdonarme nada. Porque no había nada que perdonar". Porque parece que el tiempo que tardas en reajustarte "es tiempo perdido". Nada más alejado de la realidad. Es tiempo necesario.

Por la noche, no encontraba el sueño. Habían pasado las horas y la desazón aumentaba, por no haber encontrado el camino de la hora cero. En la oscuridad, mis ojos se clavaban en el techo. Y sentía cada segundo caer del reloj.

Por la mañana el sol, el caminar por el campo, el almuerzo y la compra han ayudado a que mi ánimo se normalice.

Pero no ha sido completo hasta la siesta. Mientras la perra dormitaba sobre mi costado, estirada como yo a lo largo del sofá. Su suave respiración -y algún ronquidito- me calmó. Igual que acariciarla sin prisa, sin objetivo. Sólo porque es un puro placer. 

Mientras los capítulos de "Elementary" avanzaban y la tele y la luz del sol recorría la pared de en frente. Me quedé mirando la pared. Un cuadro, dos desconchones pequeños y un velcro -regalo de la anterior inquilina-. Todo en una pared de color crema que no dice ni desdice mucho. Ni poco.

La estantería está cargada de libros, incienso, pilas, cajas y detalles. En un orden que nadie ha elegido del todo. La mesa es un bullir de vida e ideas en pleno crecimiento -mi madre diría "desorden y más desorden".

Pero, he llegado a la conclusión de que somos así. Que yo soy así. Voy y vengo. Empiezo mil cosas y algunas las termino. Otras quedan madurando hasta su momento.

No es que me perdone. Es que no hay nada que perdonar. Sólo es un reajuste.
Todo está bien, todo está donde tiene que estar.




viernes, 20 de septiembre de 2013

TORTILLERA HOMBRE, TORTILLERA MUJER

Hoy cuando llegué a casa arrobita se moría de ganas por aleccionarme. Había descubierto, por fin, quién de las dos "hace de hombre" y quién "de mujer". Si, si, como lo estáis leyendo. El eterno tema de confusión, para nosotras y para el resto de la humanidad.

Y era más sencillo de lo que se pueda pensar. Sólo hay que leer el buzón de correos de la comunidad. Tan sencillo como eso.

La clase magistral vino de la mano de los esforzados técnicos en chapuzas que ha contratado mi vecina.  Y, para ser sinceras, la hemos recibido de gorra, a través de la mirilla de la puerta.

Andaban ellos obreteando por el portal, cuando empezaron a dar unas voces y unos berridos típicos de los más afamados docentes. Para llamar la atención del alumnado. Preocupada arrobita, por si se había desprendido parte del techo del portal, se acercó a mirar por la mirilla. Observó con preocupación que un docente se agarraba el costado, como dolorido, mientras el otro charlaba con la vecina. Pero debió ser un concepto que se atravesó en la vesícula. Nada que una cerveza cada cuatro horas no pueda solucionar.

Cuando arrobita pudo escuchar la conversación, ya se había unido el dolorido técnico-docente de la construcción. En ese momento la vecina, señalando nuestro buzón les decía que éramos dos chicas. Dos tortilleras vamos.



Entre ellos empezaron a divagar quién sería la mujer y quién el hombre. Dato vital en toda relación de pareja, entre mujeres, que se precie. Pero más complicado de averiguar de lo que el común de los mortales pueda llegar a pensar.

Ahí, arrobita se concentró en tomar apuntes. Un técnico dijo que estaba bien clarito "La que se nombra la primera es la que hace del hombre". Aaaaahhhh, ese es el dato definitivo... Pues no.

El otro profesional de la chapuza domiciliaria le restó valor al juicio del compañero diciendo " Es que no te enteras. Como se nota que no eres un caballero. Primero se menciona a la mujer. Siempre la mujer primero". Aaaaaaah. Tiene sentido. A fin de cuentas, si eres el hombre de la relación, y te quieres/debes comportar como un perfecto caballero, debes poner a tu señora siempre la primera.

A ver si reuno fuerzas suficientes, para salir al buzón y ver qué soy. Si el hombre o la mujer. Principalmente, por ver si tengo que hacer la cena o coger una cerveza y tirarme en el sofá.

martes, 17 de septiembre de 2013

EN LA NOCHE ESTRELLADA, TE BUSQUÉ...

Cassiopeia... Y te encontré.

Tras el descanso final de las vacaciones estivales, retomamos las tareas de siempre. Es decir, sacar a pasear a la perra por el pueblo y campito circundante. A ella le viene bien y a mi... También.

Y como me viene bien, pues me llevo el móvil con sus dos millones de Apps, para cualquier urgencia. Como es la de Runkeeper, como medida de autoayuda para caminar, correr, hacer senderismo o lo que se tercie, que el caso es moverse. No vayáis a pensar que llevo el móvil por twitter, Fb, instagram, el correo, o incluso recibir/hacer llamadas (vale, no se lo ha creído nadie, y menos todos los que me siguen en esos foros).

Pero hay una que me encanta (aunque tengo otras tropecientas similares por si me falla ésta) y es Stellarium. Mirar al cielo nocturno y saber que veo. Es algo que me viene de lejos, de las vacaciones familiares en Galicia, en la aldea. 

Por la noche, tras la cena, salíamos a la era y nos descoyuntábamos las cervicales, toda la familia (hermana, padres, primos, tíos...), haciendo un repaso estelar y buscando estrellas fugaces. De aquella época la curiosidad por la vía láctea, la osa mayor, la menor, Venus, Saturno...

Así que ayer, hasta arrobita se preocupó, cuando vio que mi periodo habitual de caminata se alargaba más de lo acostumbrado. Ni que decir que la perra se aburría y me miraba, sentada, con cara de "¿Pero qué haces apuntando con el móvil al cielo?¿No salimos para que yo me pasee, olfatee, haga mis cosas y ladre un poco?".

Un descubrimiento de este año es el cinturón de Orión -si, famoso por la peli-. Y un redescubrimiento es la constelación de Cassiopeia. Diréis que soy una pava, pero me hizo feliz descubrir a Cassi de nuevo en el cielo serrano.

Os animo a mirar al cielo, en una noche despejada cualquiera, y perderos entre las estrellas, jugando a imaginar.