Como todos los años, dentro de lo que son las festividades navideñas, nos encontramos con los Reyes. No los de Pilar Urbano y el "¿Por qué no te callas?", que también vienen a casa por Navidad. Sino los otros, los que son tres. Como los mosqueteros o los Angeles de Charlie. Como las tres carabelas o la Santísima Trinidad. O las hijas de no-se-quién, que ninguna era buena-.
Bueno, trinidades de estas podemos encontrar muchas si nos ponemos, pero no es el caso.
A lo que iba, que se acercan los Reyes Magos. Y yo, por echarles un cable con tanto trabajo acumulado, pues les he dicho "Venga chicos, no os preocupeis por mi familia. De ellos me encargo yo". Así, como si de una mafiosa se tratara. Quién me mandará.
Así que ando por las esquinas, con la mirada perdida y el lápiz a mano, no sea que me venga la inspiración y me pille desprovista sin poder apuntar.
Porque en mi familia, creemos con entrega en los susodichos. Con sorpresita y todo. Nada de pedir a los Reyes unas pelillas para las rebajas. Que eso es otro cantar. Es de enero y que cada uno se busque la vida en esa batalla.
Me encanta ver la cara de los "recibientes" al abrir los regalos. La ilusión por los míos. El día de fiesta. Y claro, hay que afinar. Bueno, tanto como con los regalos de los cumples. Que no vamos a hacer diferencias. No hay regalos de primera y de segunda. Bienvenidos sean todos.
Si, lo reconozco, soy de las raras a las que les gusta la Navidad. Y encima lo digo. No tengo remedio...
