martes, 13 de enero de 2015

RABIA POR LOS TIEMPOS PERDIDOS



Ultimamente estoy muy revisionista. Y le ha tocado también a las estanterías más altas. Al final, y siempre que superes el síndrome de Diógenes, tienes que tirar papeles. Y, quien dice papeles, dice ropa, calzado, figuritas, cachivaches, etc.

Hay que hacer hueco al género nuevo, sea lo que sea. O, sencillamente, hay que aligerar la mochila. Nos aferramos a cosas muertas, a recuerdos marchitos, a gente que ni está ni se le espera.


El caso es que estaba plantada frente a la estantería, cogí un archivador decidida a hacer sangre entre los viejos documentos. Abrí la primera carpeta y leí por aquí y por allí. Recordé el momento y las personas y eché cuentas con los dedos. Algo se removió en mi interior.

Cierta rabia contenida me poseyó. Y escuché esa vocecita interior cabrona, poniéndome a parir. Si, mi voz interior es que es muy así, con su genio. Y si me tiene que poner a bajar de un burro, pues me pone y punto.

¡Cuánto tiempo perdido!

Que si, que si. Que ahora puedo venderlo como una lección. O como un tiempo necesario. Puedo pensar que en ese tiempo me pasaron cosas estupendas y tal. Si, ya.

Pero yo hablo de horas, minutos. No de todos esos días, meses y años. En su totalidad no digo que estén perdidos. Pero, en cada uno de esos días, dejé caer horas del reloj por inacción, por correr en dirección equivocada. O perdí mis oportunidades, por cumplir las expectativas de otros.

No. Eso no me puede volver a pasar. Cada minuto de mi vida es mío. Es imprescindible para mi y sólo para mi.

¡Qué gusto rasgar el pasado y sus equivocaciones, en esos papeles!




domingo, 28 de diciembre de 2014

GOLPE FINAL

Supo que todo había terminado en ese mismo momento. Agazapada, envuelta en sudor y mocos. Un segundo interminable. Ese que se pasaba entre que se abrazaba fuertemente y sentía un golpe múltiple. Golpe en cuerpo, golpe en el corazón, golpe en su autoestima. Siempre un poco más fatal que el anterior. Pero éste, éste iba a ser el definitivo. Ya no tenía fuerzas. Ya no encontró recuerdo, pensamiento, deseo, sentimiento o persona que la mantuviera a flote.

Había hecho las paces consigo misma y sólo esperaba el golpe para desaparecer. Para liberarse, para volver a ver la luz a través de sus eternamente tristes ojos. Para volver a ser aquella alegre chica del grupo de los fines de semana. Cuando le conoció y con su galantería, sus palabras y sus gestos, la cortejaba como un caballero.

Ella siempre pensó que había sido una suerte encontrarle. Por lo que dejó pasar el mal gesto, las palabras soeces y hasta los insultos. Para compensar, ella fue dejando por el camino la risa, la alegría y la luz de sus ojos. Encogió con cada día gris y con cada noche a su lado.

Mientras él empezó a ponerle la mano encima, ella rezaba para que cayera un rayo definitivo. No para que se lo llevara a él. Sino para desaparecer ella. Para volatilizarse y dejarle con dos palmos de narices. Con las narices y esas manotas que hacía años que no acariciaban. Sólo medían a golpes cada centímetro de su piel. Aquello no podía ser amor. Aquello no podía inspirarlo el amor.

Pero ahora, justo cuando había llegado al límite de sus fuerzas, el golpe de gracia no llegaba. Y no se atrevía a levantar la cabeza. No podía ni abrir los ojos. Esperando siempre que él se riera en su cara y se la cruzara con la furia de un día de guerra. Siguió en aquel rincón del salón, escondida, temblorosa e hipando.

Dio un salto, cuando sintió un suave roce en el hombro. No entendía nada, no sabía qué estaba pasando. Un golpe como una caricia. Eso era nuevo. Un empujón que sabía a cariño. Poco a poco levantó la vista. Y vio a su marido tirado en el sofá, sujetándose la cabeza que sangraba con profusión. No, no, no podía ser ¿Qué había pasado? Miró a su alrededor, mientras unas manos tiraban de ella hacia arriba.

Poco a poco, unas voces lejanas fueron acercándose. Y más una voz suave, cariñosa, dulce. Pero no podía dejar de mirarle, con ojos de pánico. Podía levantarse, podía arrebatarla de aquel de aquel suave contacto y devolverla a la realidad. Y esa nueva perdida ... No, eso no podía perderlo. Miró a su derecha. Siguió los brazos que mandaban en aquellas firmes y suaves manos. Un hombre la miraba con cariño. Le susurraba palabras "Ya todo ha terminado. Ahora nosotros le ayudaremos".

Los sonidos de la casa volvieron poco a poco a llenar sus oídos. Las sirenas al otro lado de la ventana, los walkies de los policías, los gemidos de su marido mientras lo levantaban. Él se revolvió, como un animal acorralado, cuando intentaron esposarle. Varias personas uniformadas se abalanzaron sobre él. Ella dio un salto hacia atrás, temblando como una hoja. Se oyó a sí misma gritar: "¡No, no. No le dejen acercarse a mi!¡Me matará!". Por unos instantes, forcejeó con las manos que tiraban de ella. Hasta que comprendió, no supo muy bien cómo, que querían sacarla de allí. Evitarle todo el espectáculo del arresto.

Mientras bajaba las escaleras, las piernas dejaron de sostenerla y se sintió desfallecer. No podía ser verdad. No podía creer que su suerte hubiera cambiado. Y también sintió el vacío del "Y ahora ¿qué!". Y las terribles visiones que le vinieron al pensar "¿Y si vuelve?" No, no y no. Y no sabía muy bien qué negaba de manera tan obsesiva. La libertad, tan al alcance de la mano, podía llegar a ser aterradora, tras tanto tiempo buscándola por las esquinas de la casa.

Ya en la calle, rodeada de policía, vio como él salía entre una nube de policías. Había recibido un poco de lo que ella había recibido a manos llenas y durante años. Antes de entrar a empujones en el coche policial miró a su mujer. Los ojos inyectados de furia y miedo.

Pero ella no lo vio. Había vuelto los ojos al policía y su atención a sus palabras. Tan reconfortantes como la sensación de liberación que corría por sus venas. 

sábado, 27 de diciembre de 2014

EMPEZANDO...PARANDO

Hace una entrada, os conté que ya tenía mi lista de buenos propósitos. Y no creáis que ha caído en saco roto. No he olvidado esa lista. Porque creo que me lo merezco.

Es más, como me quiero un poquito, también he iniciado un aumento progresivo de actividad física... Quizá algunas crean que "demasiado" progresivamente, jejeje. Cuestión de puntos de vista.

El caso es que además de caminar un mínimo diario, he iniciado un programa con la bici estática y con la máquina infernal, esa que simula que subes escalones (vale, llamarla infernal no nos hace más amigas).

No voy mal, quizá despacio, pero voy. Y estoy dispuesta a insistir, a permanecer en el camino... Siempre y cuando no se me cruce una bronquitis espantosa. El sólo hecho de moverme por la casa acelera mi pulso y termino dejando escapar un bronquiolito de tanto toser.  ¡Hay que fastidiarse!

Pero noooo, no lo voy a dejar. Una vez que me pongo soy una máquina, nada me aleja de mi objetivo, no pararé...bueno voy a empezar por intentar que este parón no me pegue al sofá. Queda mucho año para conseguir mis propósitos. Y siempre cuento con gente que me quiere y me ayuda a conseguirlos.

Planté un pie fuera de mi zona de confort y me gustó.


domingo, 30 de noviembre de 2014

MI LISTA DE BUENOS PROPÓSITOS

Cualquier momento es bueno para los buenos propósitos. O por lo menos, para hacer la nuestra. Eso es lo que dicen los que despotrican de las listas de Navidad para el año siguientente, o para el inicio del curso escolar.
Pues yo he decidido que ese buen día es hoy. Así que desde hoy mismo, me propongo llorar más pero de risa.
Salir corriendo hacia el arcoiris. Esconderme de la tristeza y a romper mi lado oscuro. Quiero morir mil veces, de gustito. Y vivir un invierno de regalos, chimeneas, caldos y muñecos de nieve.
Voy a callar esos comentarios que no llevan a nada bueno. Y llenar esos huecos de palabras de ánimo y de reconocimiento.
Voy a hacer que mi comunicación no verbal se trufe de abrazos y gestos amistosos y sinceros.
Voy a deslomarme a charlar con los amigos y quedarme afónica de rebelar tantos "Te quiero" que me quedan sin dar.
Ya se, ya se, puede que os parezca un poco raro. Pero nadie me ha dicho que sea imposible. Sólo es ponerse. 

martes, 11 de noviembre de 2014

SOY UNA LLORICA

Últimamente, lloriqueo mucho. Si, lo reconozco. Y cada vez lo hago con más soltura.

Que si tengo mucho trabajo, que si estoy superada. Que si mi jefe no me comprende, que si ese trabajo no es mío. Que si no tengo tiempo para formarme, que si no me dan formación en la empresa. Que si siempre estoy cansada, que si no se qué hacer para cenar. Que si no me entienden, que si no me entiendo...

Una llorica, vamos.

Y por cosas, como veis, superimportantes...

Después, llega tu amiga. La misma que hace tres años, perdió a su hermana mediana, por culpa de un cáncer de mama. La misma que, hace un mes, y después de recibir con alegría la maternidad de su otra hermana -la pequeña-, ésta le informa de otro cáncer de mama.

Si, esa amiga que afronta nuevamente una situación extenuante, un calvario, un camino lleno de dudas, miedo y temor. Pero está muy bien acompañada. Con una familia que ha sabido dar la talla. De esas de "A las duras y a las maduras".

Y de postre, cuando todo pase -porque esta vez si pasará-, una mastectomía bilateral radical preventiva. Porque no está dispuesta a dejar que el cáncer le amargue más su vida. Si hay que tomar medidas drásticas, se toman.

Y todos a una.

Y ahora ¿Quién puede seguir siendo una llorica?

¡¡ANIMO, NO ESTAIS SÓLOS!!